La Ternura Marta Carpentier #1parte

 


Desde aquí miro las olas abrirse como colmillos y caer con fuerza mordiendo la arena. Dicen que vemos el mundo como somos. Que incluso los colores, algo que siempre pensamos que todos compartimos en una misma gama de apariencias y tonos, dependen de quiénes somos. Lo oscuro es paz para algunos, pero terror para otros.


No sé por qué escribo esto, por qué ahora. Creo que es porque en el fondo estoy empezando a entender cómo funciona esta isla y cómo eran de ciertas las palabras de mi padre que tanto intentó explicarme la mecánica de su naturaleza y de mí misma. Mi padre amaba los números, aunque nunca estudió tanto como él habría querido. Todos los matemáticos creen que lo saben todo, y todos los escritores también. Creemos que podemos acercarnos a las cosas y limitarlas, definirlas, estudiarlas, hacerles una tremenda autopsia y mostrárselas al mundo como realmente son. Los matemáticos se enamoran de ecuaciones, te dicen que eso es belleza, que todos estamos hechos de números. Los escritores se piensan que pueden con sus palabras, ya ves, con una herramienta tan pobre, abarcar la esencia de algo tan asombroso como la misma existencia. Somos tan torpes y mediocres que hasta los más poderosos terminan sintiendo lástima de sí mismos, al notar que ni siquiera con poder puede uno acercarse un poco a la esencia de las cosas.


La naturaleza es eso, es rabia y literatura, pero la literatura no son palabras sobre un papel, no son frases recitadas sobre una plataforma rodeada de gente en medio de una gran plaza. La literatura es caos.



Esta isla también es caos, lo muestra y lo representa en todo lo que permite que en ella ocurra. Yo soy como un nervio que sobresale de ella, y de mí se multiplican en dirección al vacío muchos más nervios, más brazos, cada uno lleno de células perfectas. Su carga es parpadeante, pero está ciega. Me acuerdo de todas esas veces que me caía de pequeña cuando salíamos a andar, luego besaba mis huesos si me había hecho algún daño y seguía andando. Siempre tan, tan imprudente que se me hacía imposible no sentirme en ocasiones una víctima de mí misma, de este empeño incesante por sorprenderme. Mi valentía me permitía quererme un poquito más, pero también suponía irremediablemente un lastre, ya que ¿dónde queda la barrera que parte la mitad honrada y 



bella de atreverse y la feroz, la que nos vuelve animales que no miden consecuencias más allá de la inmediata? Aprendes a convivir contigo misma a veces por pura inercia, y otras, como en mi caso, porque me era muy difícil que importase más lo malo que lo bueno. En realidad, los términos "malo" y "bueno" se desvían mucho de los significados que quiero mostrar aquí para analizarlos, aunque sea sólo de paso y con la punta de los dedos.


Me admiraba a mí misma en posición de rezo a los antiguos dioses de la selva, con la boca fría y casi en las piedras, seca, con la mirada hacia dentro, aunque mis irises apuntasen afuera. Golpeaba el suelo sobre el que me había agachado con la palma abierta de par en par, y el mismo suelo subía y se expandía alrededor a base de hondas. Yo notaba el movimiento, cómo este me levantaba levemente tras mi golpe, cómo mi pelo caía hasta cubrir mis orejas del todo. Rezaba mucho antes, de pequeña y también de adolescente, cuando tenía la edad que tiene mi hija ahora. Con los años, entre muchas otras cosas, una deja de rezar, o al menos con esa frecuencia.



Mi madre, y no deja de llamarme la atención, sólo rezaba a los dioses que ella creía superiores, más poderosos o más útiles, o según le convenían al momento de soplar las velas y echar en falta. Ella me había enseñado así, y con esa enseñanza debí haber crecido yo tras haberla perdido; pero no, porque al fin de este camino, no podemos evitar ser quienes somos.


Está bien, entonces seamos justo lo que somos. En mi caso, yo rezaba siempre a todos. A los dioses del color y a los de la oscuridad, a los dioses de la cascada, los dioses de la tortura, a los que se desdibujaban en los ojos delirantes de la bestia casi muerta, y también a los que observaban impasibles, satisfechos, las concepciones y nacimientos. Y por si no fuera poco, también rezaba a las nubes, a las rocas y a los árboles. A todo lo que mi ojo catalogase como bello, a todo lo que lograse captar mi atención de una forma fuera de lo habitual. Casi todo alrededor, realmente, porque fui una niña viva e inflada de inocencia a la que todo le sorprendía, le resultaba fascinante y digno de admiración. Nunca me ha sido fácil distinguir ni participar de la todopoderosa dualidad de la que hacían uso todos, beber de esa misma copa donde si..CONTINUARLEYENDO..

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