Adoras lo alto, pasas por alto lo bajo. Yo no, yo no. Yo lo necesitaba siempre todo, la imagen y su reflejo, el vientre y lo que absorbĂa, lo que dejaban detrás y lo que luego buscaban desesperados delante.
Cuando Victoria naciĂł, tan bonita y tan dĂ©bil a la vez, sentĂ el mensaje de la isla, esa voz que siempre habĂa estado ahĂ susurrando entre arrebatos de impotencia que yo le pertenecĂa, que tanto tenĂa de ella como ella tambiĂ©n de mĂ, que ambas Ă©ramos y serĂamos para siempre indivisibles. "Dos sistemas que interactĂşan uno con el otro durante un determinado perĂodo, aun siendo separados de alguna forma despuĂ©s, en algĂşn momento perdido en el tiempo, siguen influyendo el uno en el otro de una manera sutil, siendo parte del uno para siempre ya parte del otro." Uno y otro, otro y uno.
Vueltas y vueltas absurdas que sĂłlo dicen lo mismo, todo el tiempo sin decirlo. Ah, el tiempo, ese invento tan ruin fabricado a duras penas por el hombre. Lo que esa redicha frase pretende decir es lo siguiente: cuando un lagarto se posa mucho sobre una roca, ¿no queda parte del lagarto para siempre en esa roca? Y en esta isla todo es roca, y yo nacĂ siendo ya una especie de lagarto que se torcĂa con el sol, y mi compasiĂłn se extiende hasta llegar a esas rocas, y las incluye y las envuelve.
¿Por quĂ© escribo esto ahora? Cinquecento habĂa sido siempre una isla de pescadores, pero a mĂ me daban pena los peces.
Es curioso, por un lado, no parezco de esta isla, con esta extraña obsesiĂłn de proteger lo que no puede protegerse; pero por otro soy completamente ella, como dos partĂculas en una. No, no soy tan analĂtica ni mi capacidad de introspecciĂłn es tan alta como puede parecer al leer estas palabras. Mi autĂ©ntico estado natural no es otro que el de la incontinencia. Primero actĂşo, y despuĂ©s, en caso de que ese "despuĂ©s" se hiciese efectivo y llegase a tomar forma, mi pensamiento decide si debĂa actuar o no. Exacto, llega tarde. AsĂ funcionan mis nervios y mis estados de alerta, mis guerreros interiores: llegando tarde.
Recuerdo perfectamente una mañana de verano hace ahora algunos años. BajĂ© a la playa, me sentĂ© sobre las piedras y sentĂ el agua subirme frĂa desde las piernas a la espalda. MetĂ mi mano izquierda en el agua y encontrĂ© una piedra un poco más alargada que el resto, roja como el pelo de Victoria, que aĂşn tardarĂa años en nacer.
Al cogerla, surgieron en el lugar donde habĂa estado varias burbujas del color de la lluvia sucia. Supuse que habĂa vida allĂ abajo. Cada vez que uno golpea algo que todos creĂan imposible de golpear, surgen cosas imprevisibles. CogĂ otra piedra, más azul esta vez, y luego otra algo más verde, del verde del musgo oscuro que cubre y rodea al castillo. Y luego metĂ todas ellas en un joyero de cristal con forma de pentágono. RodeĂ© el joyero con un trozo de papel, sujeto con un lazo, en el cual podĂa leerse "las piedras más bonitas de la playa."
La culpa de que el resto de familias que vivĂan en Cinquecento se marchasen fue sin duda de las guerras. Se lucha y se soporta una guerra, tal vez dos, pero cuando llega a cinco es injusto etiquetar a las personas de cobardes. Se marcharon en sus barcos en busca de islas más suaves donde edificar de nuevo sus castillos y construir sus jardines. Cinquecento estaba seco, las cenizas eran ya parte de su maquillaje, sus rĂos corrĂan por inercia, casi sin fuerza, y cerraban los párpados justo antes de fundirse con el mar. Tampoco los animales que quedaron parecĂan estar demasiado satisfechos.
A algunos los cazaron, pero se arrepintieron todos los años que vinieron. Y el ocĂ©ano no era más que una trampa para peces, porque si no nos quedase la pesca, ¿de quĂ© vivirĂamos? TenĂamos barcos, claro que los tenĂamos, las Ăşnicas dos familias que quedábamos todavĂa en esta isla, pero ¿a dĂłnde Ăbamos a ir? Éste era nuestro hogar.
Me sentĂ© a explicarle todo esto a Victoria cuando cumpliĂł los cinco años, pero entonces comprendĂ que ella ya lo sabĂa todo, porque ella miraba a la isla como la he mirado yo desde siempre. Con piedad.
DespuĂ©s de la Ăşltima guerra, cuando Jonás, el hijo pequeño de Leroy el jardinero, cumpliĂł la edad apropiada para aprender el oficio de su padre, Leroy se dirigiĂł a mi padre para pedirle un favor. Ya apenas quedaban plantas en pie alrededor del castillo, el jardĂn era un lugar al que parecĂa mejor no entrar si uno buscaba o esperaba presenciar algo medianamente decente, y la isla habĂa quedado abandonada y sumida en un continuo funeral. Monstruos que no se dejaban cuidar, fueron exactamente las palabras que Leroy utilizĂł para explicarle su zozobra a mi padre. "Zozobra", quĂ© palabra más horrible. ¿QuĂ© serĂa de su hijo en un lugar como aquĂ©l? Ya no habĂa sitio para un jardinero en la isla de las cenizas y las piedras, en la "isla de la muerte". AñadiĂł que cualquier dĂa nos tragarĂa, por esa "manĂa" que tenĂamos por aferrarnos a ella a pesar de haberse convertido en un lugar tan inhĂłspito.
Ante las honestas palabras del jardinero, mi padre decidió mandar a buscar profesores que enseñasen a Jonás otro tipo de oficios y conocimientos, y de esta forma ayudar al muchacho a contar con herramientas suficientes para salir de esta isla del demonio y encontrar un futuro mejor.
AquĂ nunca hemos sido de acoger a visitas durante mucho tiempo, porque de hecho casi nunca viene nadie, ¿quiĂ©n va a venir? No hay nada que ver aquĂ, al menos para el que llega y va de paso, para el clásico navegante que anda centrado en su ruta y no se para a encontrar lo que no estaba buscando. Hay bellezas que están sĂłlo en el ojo del que mira esperando esa belleza. Creamos lo que esperamos.

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