—¿Puedo preguntar por qué?
—Es muy amable, ¿verdad? Quizá demasiado.
—Sí, sí que lo es.
—Y no dejará de serlo. Digamos que... desde siempre ha mostrado un especial interés en entretener a jóvenes como tú. Intenta no tomarme a mal este aviso, sé que es la primera vez que hablamos y...
—No se preocupe.
¿Entretener? Una parte de mí sí se sintió ofendida en aquel momento, a pesar de que era cierto que yo no le conocía de absolutamente nada, pero me sentí de pronto como un trofeo inútil, una joven incauta a la que aquel señor había intentado seducir con extraños encantamientos otras mil veces aplicados de igual forma. Era, al fin y al cabo, veinte años mayor que yo, y si esa era su afición, debía ser muy bueno en ella.
**
Algunas noches después, volví a bajar a la playa, esta vez acompañada por Hestia. A lo lejos, pudimos ver a Raúl sentado sobre una cuesta de rocas grandes mirando al mar.
—He hablado varias veces con él, y ya no hablo ni una más — me dijo Hestia, —que hable contigo, conmigo no tiene nada que hacer.
—Es un tipo divertido — me atreví a decir en mi insensatez.
—Es como un fantasma, Elena, dime que tú también lo ves. Es el típico vendedor de humo.
Yo asentí con la cabeza y nos volvimos al castillo, pero me parecía injusto tener que renunciar a mis momentos junto al mar sólo porque me decían que huyese de aquel señor. No quería tener que ser yo la que se protegiese de nada ni de nadie, y sentía que no tenía por qué hacerlo, fuese o no verdad la advertencia de Ana. Confié en mi criterio y en mis mecanismos de defensa: si era un vendedor de humo, pues que me vendiese humo, yo tenía claro que no estaba interesada en humo alguno, y que al menos, si yo iba a convertirme en un entretenimiento para él, también él lo sería para mí. Al fin y al cabo, me hacía gracia su manera de decir las cosas, y pensé que nunca estaba de más reír de verdad de vez en cuando.
Al verme aparecer a su derecha, Raúl se echó al lado para que yo me sentase. Estaba un poco más serio que la otra vez. Me preguntó si mi prometido vivía en la isla y le expliqué que no, que era de una isla no muy lejana con la que manteníamos tratados de comercio muy útiles para la supervivencia de la nuestra. "Sobrevivir es importante", añadió a su largo discurso sobre islas y sobre comercio. Después yo insistí en que, de todas maneras, nos iba muy bien juntos, que hacíamos un buen equipo y que me hacía feliz, y él pareció regalarme una sonrisa sincera. Sentí que se abría una puerta para que él también me hablase de su mujer y su vida junto a ella, y me expuso tranquilo y con una luz honesta sobre sus ojos lo enamorado que estaba, que nunca antes se había sentido como se sentía con ella, que era la mujer perfecta para él. Todo mi cuerpo se relajó, y pensé que era absurdo haber pensado que su amabilidad pudiese formar parte de alguna estratagema de acoso y derribo hacia mí; eso ya carecía
de sentido, sino no me estaría hablando de esa forma de su esposa.
Me quedé entonces mirándole en silencio y admirando las palabras que le estaba dedicando a Sonia en ese momento, y por primera vez en todo el rato que habíamos estado hablando, sus ojos marrones soltaron las olas y se pararon frente a los míos.
—Me encanta — me dijo.
—Te encanta ¿qué?
—Tu expresividad, Elena. Eres increíblemente expresiva, aunque no te des ni cuenta.
—¿Lo dices en serio?
—Y esos ojillos que pones cuando no comprendes algo, o cuando te digo algo que no te esperas. Ahora acabas de ponerlos cuando te he dicho lo expresiva que eres. ¿Ves? Otra vez.
Rompió a reírse a carcajadas y yo no supe reaccionar, de modo que me quedé mitad sonriendo.

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