La Ternura Marta Carpentier #PARTE4

 



Allí abajo no había luz, sólo algún rayo debilucho que caía de la luna a las piedras bajo mis pies. Sentí entonces unos pasos tímidos detrás de mí y me volví bruscamente, "Siento asustarte", dijo el supuesto marido de Sonia. "No pasa nada", dije yo. A lo lejos, unas nubes imprevistas habían empezado a recubrir parte del techo abovedado del mar. Pensé que eso quizá quería decir que llovería, y me concentré cerrando fuerte los ojos para respirar muy hondo y no agobiarme, ya que la falta de sol siempre me había provocado algo de asfixia.


—¿Estás bien?


Me agaché sin contestar y me senté sobre las piedras. Raúl se agachó también para sentarse junto a mí. "Si te incomodo dímelo y me voy sin más". Me explicó que se sentía algo agobiado entre tanta pared, que allí dentro ya todos hablaban de lo mismo. Tenía canas en el pelo detrás de las orejas, unas tímidas arrugas que le empezaban en el cuello, y los ojos de un marrón muy parecido al de los troncos cuando son viejos, con pestañas muy largas. Me preguntó si solía bajar allí, y yo no supe muy bien qué responder, ya que pensaba que había cosas que no se debían contar a desconocidos. Él no insistió, se puso a contar cosas sobre sí mismo mientras yo me dedicaba a colar los dedos entre las piedras. Algunas de las historietas que contaba se asemejaban a algunas que había vivido yo. "Yo tengo menos experiencia en todo que usted", le dije, "pero también he vivido cosas parecidas".


—Oh, por favor, no me hables de usted — me dijo.


Me disculpé y seguí escuchándolo. Era un hombre que sabía decir las cosas, y casi todo lo que decía era agradable, interesante o divertido. Me recordaba a los antiguos trovadores, como los que mi padre había hecho llamar en mis primeros cumpleaños. Un equilibrista nuevo que trabajaba con palabras en vez de cuerdas u objetos, un cantante que no cantaba, un cuentacuentos. Pensé que existía la posibilidad de que todo lo que contase fuese verdad, al fin y al cabo, tenía edad para haberlo vivido. Aventuras de todo tipo, acompañadas de una expresividad a veces algo excesiva, pero sin rozar jamás lo inadecuado. De vez en cuando hacía pausas, sonreía, y se le colaba algo de la luna entre las patas de gallo y en unos disimulados hoyuelos, haciéndole parecer más niño. "Si tiras de la cuerda, las estrellas se mecen", me dijo una vez mi abuelo cuando yo era todavía muy pequeña. Su voz, la voz de Raúl, se balanceaba en el aire y tiraba de esa cuerda, y las estrellas del cielo parecía que se meciesen, que se acercasen unas a otras y se separasen luego.


Tras varias horas sin sacar más de dos frases de mí, Raúl se puso de pie y se dispuso a marcharse. "Eres más dura que las piedras", añadió antes de irse sacudiéndose la chaqueta.


**


Al día siguiente, en el cuartillo de madera blanca del jardín, empezaron las lecciones. Las de Jonás y las de todos. Yo bajé buscando a Hestia, pero ella no había bajado todavía; allí sólo estaba Ana, la señora sin cuello que caminaba hacia los lados, explicándole algunos términos en una lengua extraña al hijo de Leroy, que la miraba bastante interesado y tomaba apuntes en su cuaderno. Creo que fue la primera vez que Jonás usaba uno, aunque ya le habíamos enseñado a leer y a escribir años antes. Me senté a su lado unos minutos esperando a mi amiga, y le pasé el dedo por detrás de la oreja para que me la apartase riéndose, ya que siempre ha tenido muchas cosquillas. Ana sacó uno de sus libros enormes y llenos de ilustraciones de una bolsa gigantesca de tela que había traído, y abrió uno de ellos por una página con muchos animales y palabras. No logré entender ninguna. Ella, ante mi interés mostrado por su libro, se dirigió hacia mí antes de empezar su clase.


—Anoche te fuiste muy pronto a la playa.


—Me aburro con facilidad.


—Estuviste bien acompañada.


—¿Cómo dice?


—Ten cuidado, niña, es lo único que siento la obligación de decirte.


—¿A qué se refiere?


—A Raúl.


Me sorprendió escuchar eso de alguien que supuestamente había viajado y trabajado mucho tiempo junto a él.

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