En el barco que topó con nuestra isla, aquel amanecer helado del invierno más largo que recuerdo haber pasado, venían cuatro pasajeros. La primera en bajarse, quejándose por la inclinación de la orilla y el movimiento de las piedras al pisarlas, fue Laura, la
la "isla de la muerte". Añadió que cualquier día nos tragaría, por esa "manía" que teníamos por aferrarnos a ella a pesar de haberse convertido en un lugar tan inhóspito. Ante las honestas palabras del jardinero, mi padre decidió mandar a buscar profesores que enseñasen a Jonás otro tipo de oficios y conocimientos, y de esta forma ayudar al muchacho a contar con herramientas suficientes para salir de esta isla del demonio y encontrar un futuro mejor.
Aquí nunca hemos sido de acoger a visitas durante mucho tiempo, porque de hecho casi nunca viene nadie, ¿quién va a venir? No hay nada que ver aquí, al menos para el que llega y va de paso, para el clásico navegante que anda centrado en su ruta y no se para a encontrar lo que no estaba buscando. Hay bellezas que están sólo en el ojo del que mira esperando esa belleza. Creamos lo que esperamos.
En el barco que topó con nuestra isla, aquel amanecer helado del invierno más largo que recuerdo haber pasado, venían cuatro pasajeros. La primera en bajarse, quejándose por la inclinación de la orilla y el movimiento de las piedras al pisarlas, fue Laura, la profesora de solfeo. Hestia le dedicó una de sus famosas miradas de desconfianza, a ella y a todos y cada uno de los que bajaron de aquel barco. Sabía que venían gracias al ruego de su padre y para echarle una mano a su hermano pequeño, pero le costaba mucho confiar de verdad en alguien. Ahora que lo pienso, quitándome a mí, y no siempre, no la recuerdo confiando en nadie más. Ella llevaba sus trenzas rubias sujetas sobre la nuca y un vestido color gris ceniza. No sabría decir cómo llevaba yo el pelo.
Tras Laura se bajó Ana, una señora mayor de expresión seria y que apenas tenía cuello. Caminaba echando su cuerpo, casi redondo completamente, hacia ambos lados, como si fuese a caerse todo el tiempo, tanto si pisaba sobre las piedras como sobre suelo firme. Ana se encargaría, según indicó mi padre al verla pisar la orilla, de instruir a Jonás en Geografía y en otras lenguas del océano, idiomas y dialectos de otras islas y pueblos distintos al nuestro.
La tercera persona en bajar fue Sonia, una mujer ancha de caderas, de pelo corto y ojos excesivamente abiertos y claros, que enseñaría a Jonás a leer con propiedad y a escribir siguiendo todas las normas de ortografía. Y, por último, poniendo sus pies sobre las puntiagudas piedras casi a cámara lenta, calculando exactamente el ángulo de aquella superficie y cómo debía situar el pie, se incorporó a nuestra isla un caballero de casi cincuenta años, unos veinte más que yo y que Hestia, muy bien peinado, mostrando una sonrisa amplia a todo el mundo, que se hacía llamar Raúl y era el esposo de Sonia. Raúl enseñaría a Jonás a hacer cuentas, los números y las fórmulas, y, como decía Leroy, a conocer lo que somos y lo que todo en el mundo realmente es, desde los cielos hasta las olas, porque él pensaba que en las cifras se encontraban las respuestas a cualquier pregunta, como si fuesen milagrosas.
La cena de bienvenida que organizó mi padre fue abundante y tranquila, todos cumplieron con su papel correspondiente y comieron y bebieron y sonrieron, incluida mi preciosa Hestia. Yo también comí y bebí hasta que quedé harta y luego, pidiendo permiso educadamente, me puse de pie y me retiré, buscando el frescor del exterior del castillo.

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